martes, 29 de junio de 2021

 




                                            Acryl/lienzo 30x20


Hasta que la muerte nos separe

1977

Aquel sábado, en la Catedral de la ciudad, el párroco bendice la unión de Fabio y Denise.

Denise Cortéz, yo te recibo como esposa y prometo amarte fielmente durante toda mi vida hasta que la muerte nos separe.
Fabio Altahona, yo te recibo como esposo y prometo amarte fielmente durante toda mi vida, hasta que la muerte nos separe.
— El Señor confirme con su bondad este consentimiento vuestro que habéis manifestado ante la Iglesia y os otorgue su copiosa bendición. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ya puedes besar a la novia.


1984


Durante aquellos siete años que llevaban de casados habían sido felices, no habían tenido hijos. Las familias de ambos deseaban ver niños correr por la casa, los nietos se hacían esperar. Cuando les preguntaban, respondían, somos jóvenes aún. Ya habrá tiempo para los niños. Denise por su lado decía:


Yo quiero hacer el próximo año un doctorado y Fabio, quiere ascender en el banco. La verdad es que no tendríamos tiempo para los hijos ahora. Él nunca agregaba nada. Se iba al jardín o subía el volumen de la tele.


La familia asumía que cuando una pareja llegaba al septenio, siempre había crisis, que solo ellos podrían solventar con amor, por tanto callaban y esperaban que pasara ese año.


Denise era una mujer hermosa con una figura sensual y llamativa, de cabellos ondulados y unos ojazos que enamoraban, era profesora y decana en una facultad de la Universidad. Fabio, era un hombre guapo, pero sencillo tenía un alto cargo ejecutivo en un gran banco Internacional. Vivían cómodamente, en una casa enorme y un hermoso jardín, en la mejor zona, pero casi nunca estaban allí.


Amor, recuerda que tenemos cita en el centro de eventos a las cuatro de la tarde. —Le dijo Fabio.

Ellos habían programado una gran fiesta de renovación de votos, para celebrar los famosos siete años de matrimonio o bodas de lana.

Bueno, nos encontramos allá, puede ser que llegue un poco retrasada, porque debo ir a ver a la diseñadora para medirme el vestido.


Aquel día justo antes de llegar a su trabajo, Denise se desvió un par de kilómetros y entró en un motel, después de quince minutos, salió, subió a su coche y se dirigió a su trabajo.


A las cuatro y veinte minutos, conducía por la autopista a más de cien, nadie podría decir si llevaba a alguien de pasajero. Al llegar al centro de eventos, salió de su coche y subió corriendo las escalinatas que llevaban a las oficinas del club.


Buenas tardes señorita— dirigiéndose a la recepcionista. — Mi esposo y yo tenemos una cita con el Gerente y la organizadora de eventos, vengo un poco atrasada, ¿me podría informar dónde se encuentran reunidos?

Si señora, don Carlos y Betty, la organizadora de eventos, les están esperando en la terraza del restaurante frente de la piscina. Su esposo aún no llega.—Hizo señas a un edecán para que escoltara a Denise.
Al acercarse a la piscina, el gerente se adelantó a recibirla.

Buenas tardes, señora Altahona, por aquí si es tan amable.— dijo señalando el camino hacía la mesa donde les esperaban.—Su marido no ha llegado, le hemos llamado pero su teléfono parece que esta fuera de servicio.

Denise se mostró un poco nerviosa y dijo:

Sí, que raro, yo también le he marcado un par de veces porque me demoré más de lo acordado, espero que llegue pronto, pero para no fastidiarle a usted otros compromisos, podríamos empezar sin él, imagino que le habrá resultado alguna junta de última hora. Hicieron las consultas que querían hacer para los últimos toques para la fiesta. Y se despidieron.


Fabio no llegó y Denise fue a casa de sus padres, desde ahí llamó a los suegros.

Hola Rita, ¿como estás, sabes algo de Fabio? ¿Está con ustedes?

No hija, pensaba que tenían ustedes esa reunión en el Lago.

Sí, pero no llegó. Lo he llamado varias veces y su teléfono está fuera de servicio. Esperaba que estuviera con ustedes, volví a casa de mis padres, preocupada pensando que hubiese pasado algo en casa de ustedes.

¡No! Ni Dios lo quiera, nosotros estamos bien, hija. ¿Has llamado a tu casa, ? a lo mejor lo olvidó y ahora está allí.


No, ya llamé, pero tampoco me respondió. Además, sabes que el servicio está libre hasta la próxima semana.

¡ Ay, hija! Ahora ya me empiezas a preocupar, ¿dónde puede estar ese muchacho?


Fabio Altahona, no volvió ese día, ni al siguiente, ni nunca.

A los tres días la policía encontró su auto en el lago cerca del centro de eventos, unos muchachos estaban haciendo cabotaje de equipajes al resort, al otro lado del lago y chocaron con algo, que resultó ser el Toyota de Fabio.

Iniciaron la búsqueda en el lago, suponiendo que había caído ahí por accidente, pero no encontraron ningún rastro del cuerpo.

Toda la familia estaba consternada, no podían imaginar que había sucedido. Se limitaron a hacer una misa por el hijo y esposo extraviado, con la esperanza de que estuviera vivo.

Denise se mostró siempre tan compungida, que daba dolor verla. Solo repetía una y otra vez:

¡Hasta que la muerte nos separe!

La policía siguió investigando pero sin mayores esperanzas.



1989

Denise lucía resplandeciente, iba entrando al auditorio de la Alma Mater, a recibir su diploma de doctorado, del brazo de su prometido. Un joven, unos cinco años menor que ella.


En la puerta del auditorio la esperaban los oficiales de policía que la detuvieron, al igual que a su prometido.


— Señora Denise Altahona, Señor Fernando Duarte, quedan detenidos por el asesinato premeditado de Fabio Altahona.

Les leyeron sus derechos, los esposaron y los condujeron a los coches policiales. 


Los titulares de la prensa, al siguiente día, en primera plana y a cuatro columnas, nos daban los detalles del escabroso hecho. 

Según los titulares, Fernando y Denise habían incinerado el cuerpo de Fabio en una cabaña en un bosque, cerca del mar.

A pesar de que no se había encontrado el cuerpo, había pruebas suficientes. Un tribunal popular los declaró culpables de asesinato y les condenó a una pena de 15 años de prisión.

Pero la realidad fue otra, Fabio conocía la relación entre Fernando y Denise. Cuando la vio salir del motel, momentos antes de la reunión en el club de eventos, tuvo claro que ese sería el final.

Empujó su coche por el acantilado del lago, prendió fuego a la cabaña del bosque y dejo, intencionadamente, su cartera a medio quemar. El anillo de boda, depositado entre las ascuas del fuego sería la prueba definitiva de su asesinato.


1996

Siete años después, Fabio pasea tranquilamente por una playa de Marbella, Bien acompañado por una morena con cierto parecido a su ex esposa, eso sí, diez años más joven que él.

Mientras, Fernando y Denise, aún no habían cumplido la mitad de su condena.

MaríaVives/ Esteban Rebollos.




viernes, 25 de junio de 2021

                                                  Pastel - Acryl sobre lienzo 30 x 20 M. Vives
 

                     Muerte en la pensión de las vizcondesas 

                                                    I

Las guerras no son buenas, ni siquiera las guerras de almohadas en la casa de la tía Leandra, esas menos diría mi maestra; porque se prestan para que los muchachos se vuelvan maricones.
Sin embargo la primera guerra mundial, que fue tan mala; aunque menos mala que la segunda, obligó a muchos extranjeros a venirse al sur del mundo, buscando en los llamados países neutrales; paz y sosiego para sus familias.
Esa horrible guerra marcó un hito para aquella ciudad a orillas del Mar Caribe. Esa maravillosa ciudad, joven y próspera que se convirtió en pionera de Colombia, en muchos campos cuando no en todos, desde la aviación, servicios, proyectos urbanísticos, hotelería, turismo y mucho más.
Fueron muchos los que llegaron desde lejanos lugares y se asentaron allí, desembarcando en aquel puerto, que tenía el muelle más largo que hasta la fecha existía. Diseñado y construido por Francisco Javier Cisneros, un joven ingeniero cubano en 1893.
En 1915, cuando la primera guerra estaba en su apogeo, un submarino Alemán destruye el Lusitania de los Estados unidos, como consecuencia, en abril de 1917, Washington le declaró la guerra al Imperio Alemán y sus aliados.
En 1918, el lujoso crucero alemán Prinz August Wilhelm comandado por Paul Thierfelder que había salido clandestinamente de la Coruña en España un mes y medio antes y se dirigía a su puerto final en Barranquilla, Colombia; comenzó a ser acosado por la flotilla gringa a la altura de Panamá, tenía órdenes de no permitir que las tropas estadounidenses se tomaran ninguna nave Alemana, antes se prefería que las hundieran. Esto fue lo que hizo el comandante, después de bajar los salvavidas y enviar a la tripulación y a los menos de 70 pasajeros que venían huyendo de la guerra y sus horrores a la costa Barranquillera; hacia el muelle de Puerto Colombia, cumplió con su deber incendiando el Vapor que había sido inaugurado apenas en 1903. La orden de destruir al barco había llegado desde el Imperio Alemán.
El arribo al muelle no fue tan glamuroso como las damas habrían esperado, pero se sentían a salvo en territorio neutral.
Entre los pasajeros clandestinos, venían alemanes, españoles, portugueses, italianos y tres inglesas pertenecientes a la realeza.
Todos sentaron sus bases en Barranquilla, y levantaron industrias que florecieron con el tiempo. Las tres hermanas inglesas que llegaron en el grupo, habían pagado un muy alto precio por sus cupos en el vapor, por ser inglesas y enemigas, pero nadie excepto uno de los marinos tenía conocimiento del hecho, pues él las había camuflado como irlandesas que estaban radicadas en Bayern, casi desde su nacimiento y por tanto se consideraban alemanas. En realidad habían nacido en Londres y sus padres, él un vizconde y la madre una dama de la corte, que habían muerto a causa de la peste, creyendo que había sido una neumonía hacía un año y les habían dejado una fortuna considerable, de la que vivirían por el resto de su vida.
Al estallar la guerra, las cuatro hermanas decidieron huir inicialmente a España, pero allí todavía estaban en peligro. Así que cuando se enteraron de los viajes clandestinos del vapor, decidieron correr el riesgo. Fue así como las cuatro audaces, terminaron embarcadas en el Prinz August Wilhelm y le entregaron sus propiedades a aquel ambicioso marinero como pago por traerlas a Sur América.
Después de incendiar el barco frente a las costas Colombianas, el comandante Thierfelder llegó a nado hasta el muelle, ya que los dos marinos que le ayudaron a prender el fuego, quedaron atrapados dentro del barco y explotaron junto con la nave, la barcaza que tenía destinada para llegar hasta el muelle, fue consumida por el fuego a causa de las chispas que se desprendieron de la explosión. Como en la vida la ambición suele cobrarse un precio muy alto, resultó que uno de los acompañantes del comandante, era el joven al que las hermanas Coburgo-Gotha le habían entregado sus propiedades en Londres. Así que la fortuna regresó a sus verdaderas dueñas.
Las señoritas Coburgo-Gotha, inicialmente querían llegar a Argentina, pero en vista de las circunstancias, decidieron quedarse un tiempo en Barranquilla, para visitar las otras ciudades vecinas, que tenían realce turístico, Santa Marta, que era conocida porque ahí había muerto el Libertador Simón Bolívar y Cartagena de Indias, con sus hermosas murallas y todo aquel «flow» tan español. Finalmente en 1921, después de haber ido de un lado para otro, buscando un asentamiento, donde poder emprender algo que produjera y multiplicara su fortuna, las hermanas decidieron sentar sus bases en Barranquilla, que ya en aquel entonces era llamada «Pórtico Dorado de la República de Colombia».
Las hermanas decidieron abrir una pensión que fuera elegante y acogedora. Iniciaron su empresa en un lugar que hoy día sería casi romántico para los amantes de modernidad mezclada con elementos étnicos, pero con el tiempo se dieron cuenta de que no era lo que ellas deseaban. Ellas querían entrar en sociedad, por sus títulos de nobles, consideraban que debían pertenecer a la élite, que en aquel entonces era bastante incipiente en la ciudad.
Optaron por comprar una mansión que había pertenecido a un famoso ingeniero. Era el lugar ideal, estaban en el mejor sector de la ciudad, así comenzó la nueva era de la Pensión de las vizcondesas.
Margarethe, Savannah y Euggen, llevaban una vida bastante licenciosa. Por los salones de la pensión no solo se paseaban los huéspedes que llegaban atraídos por la hermosura de la edificación y la calidad del servicio de acuerdo a la guía de turismo, sino también personajes de renombre en la ciudad pero de dudosa reputación, que a pesar de poseer grandes fortunas, también se habían visto envueltos en situaciones ilícitas, pero que quedaban bajo la alfombra de dinero, sin embargo el pueblo sabía quienes eran, pero nada podía hacer porque aquellos eran los poderosos, casi todos árabes, dueños de boticas, mercados de aprovisionamiento y además manejaban las apuestas y el mercado del opio y otros alucinógenos.
En las bacanales que ocurrían a puerta cerrada en aquella lujosa pensión, tomaban parte también amigas de las tres hermanas, que aunque algunas eran casadas con prestantes personajes de la ciudad, también estaban fascinadas con aquellos árabes de ojos lascivos y manos necias, que les daban el placer que no les daban sus maridos y las hacían viajar envueltas en polutas de humo de opio a lugares fantásticos e insospechados.
Savannah, gustaba del que se hacía llamar Alex, pero su verdadero nombre era Alles-Asin * el injusto y corrupto. Más el corazón de la chica tenía dueño.
La relación surgió como surgen las desgracias, Savannah, la menor de las hermanas Coburgo-Gotha se sintió atraída por aquellos ojos oscuros, que desbordaban deseo a la vista de la hermosa chica.
Era noche cerrada, Savannah había recibido un recado, subió a su habitación se vistió muy seductora, para su propio gusto, pero era lo que él había escrito, quería que pareciera una diva, esa noche pasaría algo muy especial.
Salió sin que sus hermanas la vieran, la esperaba un lujoso coche tirado por un par de corceles árabes tan negros como aquella noche de octubre, olía a agua llovida y de los azahares florecidos del jardín, emanaba un aroma que presagiaba algo a lo que no podría darle nombre.
Llegando al muelle dos hombres, la ayudaron a bajar del coche y casi en volandas la llevaron al faro, donde aquella sombra la esperaba.
Hola, mujer divina, esta será nuestra noche. Savannah tenía los ojos como platos:
Pero… ¿Tú? ¿Qué significa esto?
No era a mí a quién esperabas, eso está claro, pero tú sabes que yo soy el que te desea y soy tu dueño, no estoy dispuesto a compartirte con nadie. ¡Con nadie! ¿Te quedó claro? Hizo una señal a los dos hombres, que a la orden hicieron girones el sensual atuendo de la mujer y salieron de la habitación.

Continuará...
© M. Vives

miércoles, 23 de junio de 2021

 

De Monólogos y algo más





y yo hemos terminado, que lo sepas de una vez. Lo hago público para que los que nos conocen, no me estén preguntando.
Al principio todo era maravilloso, claro como toda relación en sus inicios, eras una parte importante en mí.
—…
No, no me digas nada, no tienes vergüenza. Con el tiempo fuiste cambiando, haciéndome sufrir cada vez que te venía en gana.
—…
¿Cómo vas a decirme que soy yo la culpable? Si he sido yo quien ha llorado mucho por tu culpa, me has infringido mucho dolor.
He vivido noches muy oscuras por ti, no me podrás negar que te he dado muchas oportunidades, pero tú no te condueles de mí.
A que como sé que jamás cambiarás, nos llegó la hora de despedirnos y la verdad me alegro de deshacerme de ti.
Por mí que te tiren en una cloaca o te conviertan en alimento para los cerdos, ya he pedido que nada de conservarte en alcohol.
—…
Hasta nunca vesícula de mierda, ya no me sirves para nada. Me he librado de ti por fin

domingo, 30 de mayo de 2021

     Acryl/ lienzo 60 X 80 M. Vives

            Mi Bisabuelo el holandés                            

 Llegué a la casa de la esquina, a la panadería del holandés, que también fungía como zapatería, para aquel entonces, ya la calle se llamaba; Calle Almendra. La panadería estaba en la parte delantera del terreno y para llegar a la zapatería, tenía que ir por el zaguán y atravesar el patio de los guayabos. Te estoy hablando del barrio San Roque, en Barranquilla.
Llegabas donde Enrique Everzt, a comprar ese pan que guardaba el aroma de su Europa, dejada atrás por culpa del amor; del amor que encontró en Barranquilla. Fue la panadería más cotizada hasta muchos años más tarde.
Yo compraba ahí, cada mañana: el tijgerbrood para el desayuno, una bolsa de Speculaas para tomar el café a las tres de la tarde y unos cuantos Olliebollen con canela, mamá me daba un billete de tres pesos y todavía me quedaba un montón de dinero después de pagar. Yo me quedaba con las monedas de dos centavos y medio, para mi hucha.
Enrique, que en realidad se llamaba Hendrik Everzt, llegó en 1899, en el acorazado estadounidense USS Wisconsin, que sirvió de sede para las negociaciones de paz, durante la guerra de los mil días. No me preguntes que hacía un Holandés en un barco gringo, creo que fue el destino o eso que llaman karma. Enrique, marinero de piel curtida por el sol y la sal marina, con unos ojos del color del mar y su negro cabello, se enamoró de Isabel a quién le cambió el nombre, llamándola Elizabeth.
Ella había quedado deslumbrada cuando lo vio en aquella reunión, vestido con su uniforme de oficial de la Casa de Orange - Nassau, representando a la reina Guillermina, quién apenas hacía 9 años había iniciado su reinado. No había joven holandés que no quisiera pertenecer a las tropas de la primera reina, mujer, que tenía Holanda. Enrique había sido afortunado, al haber podido entrar en la milicia y por su inteligencia y sagacidad, llegó a ser un oficial de renombre.
Él debía volver a su país cuando el Acorazado terminara con su cometido en las costas Colombianas, pero Hendrik decidió quedarse. Estaba perdidamente enamorado de aquella hermosa criolla, de modales delicados y tan sensual al hablar, claro era una barranquillera de pura cepa, tenía ese no sé que, que hace enamorar y enloquecer a quién la ve, ese don, con el que nace la mujer de Barranquilla...
En 1904, después de escasos cinco años de noviazgo Isabel y Hendrik, reciben la bendición de los padres de ella para contraer matrimonio. Hasta entonces los padres de Isabel, habían estado renuentes a la idea de una boda, porque consideraban que los jóvenes deberían pasar unos años más de noviazgo para conocerse realmente, sin embargo ni el uno ni el otro podían seguir viviendo separados, se amaron desde el momento en que se vieron por primera vez, La boda se realizó un día de junio a las 12:00 del día en la Parroquia de San Nicolás de Tolentino.
El día de la boda Isabel, parecía una princesa de un cuento de hadas, los pajes hicieron un camino de pétalos de rosas blancas flores predilectas de la novia, cuando empezaron a sonar los acordes de la marcha nupcial, los asistentes se levantaron mirando expectantes hacía la entrada de la iglesia.
—Mi princesa, estás radiante. Le dijo su padre en un susurro. Seguro que los asistentes eran de la misma opinión, pues el murmullo y los ¡Oh! Se escucharon como un coro. Hendrik desde su sitio mantuvo la boca abierta hasta que uno de los padrinos le palmeó el hombro y lo sacó de su ensueño.
El vestido de Isabel elaborado en tafetán de seda, tenía un corpiño ajustado que terminaba en pico, recamado con lentejuelas nacaradas y rematadas con perlas, realzaba su delicado talle. La falda era amplia y terminaba en una cola de tres metros. Para entrar a la iglesia se había cubierto la cabeza con una hermosa chalina de encaje que hacía juego con el vestido.
Había recogido su negra cabellera a un lado en un elegante moño que adornó con una peineta de Gardenias, que eran las predilectas de su amado Hendrik.
El sacerdote bendijo los anillos y a petición de los novios seguidamente se realizó el rito de la arena. Enrique como buen marino siempre que dejaba su patria, para adentrarse en los mares, cargaba una pequeña bolsa de arena de las playas holandesas. Unos días antes había llevado a Isabel a la playa para recoger arena, así ese día vertieron de a poco cada uno la arena en una vasija como símbolo de unión.
— Estamos aquí reunidos para celebrar el amor de Isabel, quien ha llegado hasta aquí más radiante que nunca con su vestido de novia y de Hendrik, quien no ha dejado de mirarla con encanto desde qué entró… Hoy ellos van a unir sus vidas a través de la ceremonia de la arena, como símbolo del tiempo que compartirán de ahora en adelante como pareja. Con esto, cada uno se compromete a entregar lo mejor de sí durante su relación, a escuchar, a ser la voz de aliento para el otro, a caminar con firmeza en medio de los tiempos turbios, y a cultivar, con cada acción, un amor digno y admirable. Ahora, Hendrik e Isabel, los invito para que tomen cada uno el recipiente con la arena que los representa, y lo ponga en este que está vacío… Ahora pueden llevarse este que contiene la fusión de las arenas como símbolo de su compromiso, sus anhelos y sus sueños.
Seguidamente, el padre Carlos Valiente, continuó con el intercambio de los anillos y le entregó las arras de boda a Hendrik, que tomó las trece monedas y las colocó en las manos abiertas de Isabel diciendo:
— Yo Hendrik, te entrego estas doce monedas como símbolo de la ayuda mutua por cada mes del año y una más para la caridad y ayuda a los necesitados. Que sean prenda de la bendición de Dios. Amén
— Yo Isabel, las recibo como símbolo de la ayuda mutua por cada mes del año y una más para la caridad y ayuda a los necesitados. Que sean prenda de la bendición de Dios. Amén.
Y así tras la bendición del sacerdote, unieron sus vidas Hendrik e Isabel Everzt, hasta que la muerte los separó.
Vivieron muchos años, trajeron al mundo a Jacobo, Miguel, Pedro y a la pequeña Elizabeth, de quienes sabremos más en otros relatos.
Alcanzaron a conocer a muchos nietos, Hendrik sobrevivió a Elizabeth algunos años, pero era un amor tan grande que pronto fue a hacerle compañía a su ángel terrenal.

© María Vives.


viernes, 28 de mayo de 2021

                  

          

                                                     Pastel - Acryl sobre lienzo 30 x 20 M. Vives


            Muerte en la pensión de las vizcondesas

                                      III 

              

El 31 de diciembre de 1934, tres años después del asesinato de Savannah, las hermanas Coburgo-Gotha, organizaron un evento de fin de año, al que fueron invitados los más sobresalientes miembros de la sociedad Barranquillera, que era casi como decir toda la colonia árabe.
Las mujeres llegaron luciendo sus mejores y más lujosos atuendos, mostrando el boato de aquella raza, solo Lamya, llegó vestida con un esmoquin muy varonil, su cabello cortado al rape y sus labios pintados de un rojo intenso. La pajarita de su vestido tenía un remate muy original. Cuando Euggen se acercó a dar la bienvenida a los invitados, sin querer sus ojos quedaron fijos en el broche que remataba el corbatín de Lamya, era un ónix engastado en una base de oro y tenía un zafiro en el centro.
Tomó a Lamya del brazo y le dijo: — Te quiero presentar a unos amigos que llegaron de la capital, ellos llegaron con nosotros en el Prinz August en 1918. Después de las presentaciones, les dejó y se fue a buscar a su hermana. La encontró en el comedor principal, saliendo de la cocina, menos mal sola.
Maggi, creo que ya sé quién asesinó a Savannah. Maggi abrió los ojos extrañada y preguntó:
¿De que estás hablando?, por más pesquisas que hizo el comisario Salvatore, nunca pudo encontrar a los culpables y tú vienes ahora así como si te hubiese iluminado el espíritu santo, que ya sabes quien es el culpable. ¿Te has vuelto loca?
Tienes que escucharme, acabo de ver algo que hace juego con la mancorna que encontramos en la mano de Savannah. Maggi quedó paralizada. Después de un par de segundos reaccionó, tomando a su hermana por el codo y llevándola casi en volandas a la biblioteca. Entraron y cerrando la puerta, puso un dedo en sus labios para indicar que debía bajar el volumen de voz en lo posible.
¿Estás segura de lo que viste?
Nunca podré borrar ese recuerdo de mi mente, me ha perseguido todos estos años y cada vez que miraba a un hombre buscaba con mi vista sus mancornas o su pisa corbatas y hoy lo he visto. Lo lleva la hermana de Alex, la lesbiana, Lamya.
Hemos esperado tres largos años, cumpliremos con el juramento que hicimos en la tumba de nuestra hermanita. Por ahora, vamos a tranquilizarnos, volvamos a la fiesta. Tú ya no harás más nada, a partir de ahora me encargo yo.
Se acercaron al grupo donde había dejado Euggen a Lamya, Maggi se integró a la conversación mientras su hermana se fue a atender a otros invitados, como habían acordado.
Maggi, miró con interés el remate de la pajarita de Lamya y de inmediato reconoció el sello. Directamente, se acercó al oído de la mujer y le susurro:
Que lindo el remate de tu corbatín, ese ónix hace juego perfecto con tus ojos y tu cabello.
¡Oh! Es de mi hermano Alex, lo he tomado sin su consentimiento, así que mejor no lo comentes en voz alta que seguro me gano una buena regañina de su parte.
No, como se te ocurre, claro que no voy a hacer algo como eso. Además sabes lo que me encantas. Y vendrás a visitarme un día con menos ropa ¿Si?
Claro me encantaría pasar un día en la piscina contigo, charlando y contándote del internado en Suiza y las cosas que allí he vivido. Lástima que mi madre no quiere que regrese a Europa, dice que hay vientos de guerra, que ese señor Hitler no traerá nada bueno al mundo europeo. Así que nos veremos con mucha frecuencia tú y yo, tú también me gustas, me gustan las mujeres mayores, porque no tienen temor a nada.
Sí, tienes razón, no tememos a nada ni a nadie, por mucho poder que tengan los otros. Nos vamos a divertir mucho, ya lo verás. La última frase la dijo mirándola a los ojos y lamiendo sus labios semi abiertos con la punta húmeda de su lengua. La chica reaccionó al dar media vuelta, puso su mano cálida en la entrepierna de Maggi y rozando con la otra el pecho de la mujer, como si hubiese sido un accidente… fortuito.
Era la madrugada del sábado de carnaval de 1935, en este paraíso todavía no se sentía el clamor de la  guerra que se aproximaba, solo llegaban ecos lejanos, como si de otro mundo se tratara. El sábado Maggi y Euggen habían tenido una fiesta por todo lo alto, sus invitados especiales, Alex, Guala, Chadid y Lamya. Cuando el resto de invitados se hubo ido, al igual que los empleados, ellos se fueron a los jardines que rodeaban la piscina se desnudaron, salieron a relucir las pipas de opio y ahora había hachís, una novedad que había traído Chadid de su último viaje a la China, donde se había ido a la semana del asesinato de Savannah.
Maggi, subió a la cocina y trajo bebidas refrescantes para todos, té de jazmín, para ir a tono con la noche de China, la noche sería muy roja.

                            Epílogo
A la mañana siguiente no había rastro de la *fumata que se había vivido en aquel jardín, solo había seis cuerpos ensangrentados, dispersos en el jardín cuatro muertos y dos heridos.
Giuseppe Salvatore, no logró resolver el extraño caso, se alegraba de que por lo menos había dos sobrevivientes de aquel horrendo crimen; las hermanas Coburgo-Gotha. 
La pensión siguió funcionando, la publicidad de la entidad de Turismo se basaba en el cruento asesinato multiple allí acaecido un sábado de carnaval, el morbo de los turistas era más grande que la razón.

©M.Vives.


jueves, 27 de mayo de 2021

 



                               
Pastel-Acryl /Lienzo 30 x20 M.Vives




             Muerte en la pensión de las vizcondesas

                                        II                           
Aquel fatídico día Alex llegó a la pensión con sus amigotes Guala y Chadid, tenía una venda en su mano izquierda, Maggi, como llamaban cariñosamente a Margarethe y Euggen, los recibieron en el comedor y les pidieron que las acompañaran a desayunar.
¿Y Savannah, no desayuna con nosotros? Preguntó Alex.
Supongo que estará durmiendo aún, esta niña se pasa horas leyendo sus novelas rosa, que la tienen con la mente siempre en otro lado. Fue la respuesta de Maggi y miró a su hermana, quien se levantó y dijo:
Iré a ver si hago que se apresure y baje a acompañarnos, disculpen caballeros, saliendo de la estancia. Casi enseguida se oyó como alguien bajaba las escaleras corriendo, Euggen estaba pálida, — Lo siento, hermana, puedes venir un segundo, con permiso de los señores.
¿Qué pasa mujer? Parece que has visto un fantasma. Euggen, bajó los ojos avergonzados y mostrando una sonrisa forzada, le abrió los ojos a su hermana en señal de prudencia. Ya lejos de los oídos extraños, le dijo:
Savannah, no está en su habitación y al parecer tampoco pasó aquí la noche. Le dijo agitada.
Pero… ¿Qué dices? Eso no puede ser posible. ¿Dónde iba a ir, nuestra hermanita sin que nosotros supiésemos?
Pues eso mismo me pregunto yo. Además su guardarropa está todo desordenado, como se hubiese probado todos los vestidos y falta ese traje verde que le prohibiste usar, además el sombrero a juego. ¿Qué hacemos? ¿Dónde puede haber ido esa niña?
¡Calla, estúpida! El hecho que sea la menor no significa que sea una niña, aunque se comporte como una, la muy tonta. Esto podría ser fatal para nuestra reputación. Hasta ahora hemos podido mantenernos, porque las viejas de esta sociedad son más roñas que nosotras, pero si se descubre que, nuestra hermana no ha pasado la noche aquí, seremos la comidilla de esta gentuza y nos harán la vida imposible. Vamos abajo, no quiero que estos tipos sospechen nada.
Disculpen la demora, pero al parecer nuestra hermana ha pescado un resfriado, así que lamentablemente no bajará a acompañarnos esta mañana. Los hombres se miraron entre sí, Alex se levantó y se disculpó por haberlas molestado tan temprano:
Lo sentimos señoritas, quizá no es buen momento para visitas, mejor lo aplazamos para otro día, cuando su hermana se encuentre mejor, no queremos ser inoportunos. De cualquier forma, no sería mucho lo que yo podría jugar croquet con esta mano así. Ayer Wof, el perro de Chadid me mordió y queríamos pasar por donde el boticario a ver que me da para que cure rápido.
¡Oh, tenga cuidado! No vaya a ser que se le infecte. Dijo Maggi y continuó, les agradecemos la atención, también creo que será mejor que nos hagamos cargo de nuestra hermana. Cuando los hombres se hubieron ido, ellas salieron, el chambelán jamaiquino que tenían, también hacía de cochero. Pasaron por la iglesia, fueron al mercado, también a la escuela de párvulos, Savannah, amaba a los niños y también estaba enamorada del director del parvulario; y él de ella, así que con el pretexto de ayudar pasaba muchas mañanas allí, pero aquel día tampoco estaba ahí. El joven director se acercó a las mujeres con una sonrisa amable.
¿En qué la puedo ayudar, señoritas?
Buen día, don Alfonso, pensamos que mi hermana podría estar hoy aquí, al parecer olvidó que debemos ir al registro hoy. La verdad nos está atrasando, esperamos hallarla a tiempo, porque de lo contrario nos tocaría esperar mucho tiempo. Bueno no queríamos molestarlo que tenga un buen día todavía.
No, no, no, ustedes no son ninguna molestia. Pues fíjese que yo les iba a preguntar por su hermana, ya que habíamos quedado ayer por la tarde para tomar un té y no llegó. Maggi se sorprendió y el maestro lo notó. Entonces aclaró: — La señorita Savannah, me quería ayudar a realizar un organigrama de trabajo para los niños, cada día recibimos más muchachos y tenemos poco personal. De hecho había pensado preguntarle ayer a su hermana si le gustaría trabajar con nosotros, aunque fuera un par de horas cada día. Espero que pueda venir en estos días para comentarlo con ella. Bueno ahora debo seguir trabajando, si me disculpan, que tengan un lindo día. Dele mis respetuosos saludos a su hermana.
Sí, buenos días, don Alfonso. Y se marcharon.
Cuando regresaron al coche Genaro, el cochero, estaba tan pálido que parecía que acabara de meter la cabeza en un saco de harina.
¿Qué pasa Genaro? No me digas que otra vez comiste tripas de iguana y tienes que hacer del cuerpo. El moreno no podía pronunciar palabra era como si estuviera a punto de tener una ataque.
Y...Y... Yocreoquepasóalgofeoenelfaro, dijo de un solo, de forma que las mujeres no comprendían.
¿Que dices? Hombre no te entendemos, esta vez fue Euggen quien habló y de paso le dio un sopapo al pobre hombre, repite ahora pero con calma.
Una mujé muerta en el faro, dicen que tiene los pelos rojos como la ña Savannah.
Calla imbécil, como se te ocurre semejante desatino.
No soy yo, todos dicen, pero nadie la vio bien, porque los polis la sacaron tapada de pies a cabeza.
Vamos a la casa, seguro que Savannah ya estará allá  y nosotras dando palos de ciego por toda la ciudad.
Cuando llegaron a la pensión, en el portón estaba el comisario Salvatore, era un descendiente de italianos, nacido en Puerto Colombia, que a pesar de sus raíces italianas y algunos nexos de los abuelos con la mafia de Sicilia, era muy recto y no se había dejado corromper de la mafia árabe.
Señoritas Coburgo-Gotha, soy el inspector Giuseppe Salvatore, deben acompañarme, creemos que hemos encontrado el cadáver de su hermana Savannah, pero solo ustedes podrían identificarla.
No puede ser inspector, ¿quien iba a querer asesinar a mi hermana? Si es casi una niña, amable y bien querida en nuestra sociedad.
No lo sabemos aún señorita Coburgo, los oficiales que encontraron el cuerpo lo han llevado a la morgue y sospechan que es su hermana; por favor suban, le dijo el inspector señalando hacía el coche de la policía.
Cuando sus hermanas vieron a la mujer tendida en ese camastro hediondo por poco vomitan, estaba golpeada, la cara irreconocible, su mano derecha cerrada en un puño, le habían arrancado media oreja, parecía como si un perro la hubiese mordido, Euggen se acercó a su hermana llorando y preguntándose por qué, tomo sus manos y acariciándolas, se fijó en algo que al parecer le había pasado desapercibido a los oficiales, de su mano derecha salía, algo como la punta de un pañuelo, le hizo señas a su hermana y Maggi, con destreza sacó lo que tenía su hermana en la mano, era un trozo del puño de una camisa, tenía aún la mancorna, un ónix engastado en una base de oro con un zafiro en el centro.
En la historia de la morgue, quedó asentado que la que yacía en aquella camilla era Savannah Coburgo-Gotha de veintiún años, complexión delgada. Había sido estrangulada y violada, por más de un hombre y con diferentes objetos, de su oído derecho extrajeron una tijera, con la que se presume habían cortado sus pezones y sus pestañas, al parecer con las puntas de ese elemento afilado hicieron las sajas en la cara de la mujer y escribieron la palabra PUTA en su pecho con las puntas del mismo objeto.
Las investigaciones parecían no arrojar ningún indicio claro, ninguna pista. El comisario Salvatore estaba abrumado, nunca imaginó que algo como esto sucediera en una ciudad que era sinónimo de alegría, paz y amistad. Había enviado todas las muestras recogidas a medicina legal, pero después de meses, supuestamente todas las pruebas habían desaparecido, ningún empleado, desde los mensajeros hasta el Jefe de medicina legal, nadie sabía que había sucedido, ni como  habían desaparecido las pruebas.
En el hotel después del trágico suceso, las hermanas cavilaban con respecto a los hechos, pero ante todo, ¿quién era el dueño de esa mancorna?

Continuará...
©María Vives.


  REMINISCENCIAS Recuesto mi cabeza en tu regazo, acaricias mi cabello como cuando era una niña pequeña. Cierro mis ojos y mi memoria retroc...